Las murallas existen para saltarlas, es cierto, pero creo que algunas existen por una razón más profunda, y no siempre deberíamos esforzarnos tanto por botarlas. Tal vez ciertas distancias son más buenas y más sanas, porque la cercanía excesiva puede distorsionar las formas y los significados, y en esos casos, un simple paso hacia atrás no lo resolverá todo.
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Me encanta cómo algunas cosas no mueren con la distancia y los años de cosas que ya dejaron de decirse en voz alta, adoro cómo existir se hace más fácil ciertos días al lado de ciertas personas. No puedo no pensar en cuánto más sanos y felices seríamos si el mundo estuviera lleno de gente más abierta y tolerante, lo increíblemente fácil que sería respirar en ciertos lugares.
Pero en el fondo la valentía tiene que ver con lograr respirar incluso cuando el mundo no está tan lleno de gente abierta y tolerante, lograr ser a pesar de todo, lograr sonreír y usar palabras honestas.
Me agotan mis personajes, la sensación de que mi sentido de la adaptación me hace ser más o menos cosas de acuerdo a la gente y el lugar. Me agotan mis imágenes, las impresiones que inconscientemente me esfuerzo por cumplir, incluso cuando odio esas impresiones.
Necesito ser yo por ratos más largos, ser yo en lugares más grandes, ser yo más veces, con más gente, por más días. Necesito sentirme más libre en mi espacio, y no tan esclavizada por cosas inútiles.
Sé que no hay mejor manera de descubrir quién soy realmente debajo de todo que... siendo. Lo sé.
Me gusta la felicidad sintética, tan fácil, tan rápida y suficiente, casi como un regalo para los días tan a medias, pero no basta. Quiero una felicidad más real y más profunda, de esa que viene de otros lugares, se alimenta de detalles y se transmite con los ojos. Quiero de esa felicidad que tiene que ver con no mentir demás, con ser honesta, con ser quien soy, con la aceptación de lo bueno y lo malo. Quiero que mis restricciones sean menos, porque estoy cansada de esperar milagros o epifanías que no llegan.
Yo sé que muchos de mis sueños se quedan en palabras, porque soy tan cobarde y tan nula para vivir y hacerle caso a Borges o Benedetti o Cortázar, pero es que me niego a que la vida se me acabe y yo haya sido siempre Hèlene, con sus culpas de anestesista, con su muñeca de porcelana rota y la felicidad que no pudo ser capaz de vivir.
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Me encanta cómo algunas cosas no mueren con la distancia y los años de cosas que ya dejaron de decirse en voz alta, adoro cómo existir se hace más fácil ciertos días al lado de ciertas personas. No puedo no pensar en cuánto más sanos y felices seríamos si el mundo estuviera lleno de gente más abierta y tolerante, lo increíblemente fácil que sería respirar en ciertos lugares.
Pero en el fondo la valentía tiene que ver con lograr respirar incluso cuando el mundo no está tan lleno de gente abierta y tolerante, lograr ser a pesar de todo, lograr sonreír y usar palabras honestas.
Me agotan mis personajes, la sensación de que mi sentido de la adaptación me hace ser más o menos cosas de acuerdo a la gente y el lugar. Me agotan mis imágenes, las impresiones que inconscientemente me esfuerzo por cumplir, incluso cuando odio esas impresiones.
Necesito ser yo por ratos más largos, ser yo en lugares más grandes, ser yo más veces, con más gente, por más días. Necesito sentirme más libre en mi espacio, y no tan esclavizada por cosas inútiles.
Sé que no hay mejor manera de descubrir quién soy realmente debajo de todo que... siendo. Lo sé.
Me gusta la felicidad sintética, tan fácil, tan rápida y suficiente, casi como un regalo para los días tan a medias, pero no basta. Quiero una felicidad más real y más profunda, de esa que viene de otros lugares, se alimenta de detalles y se transmite con los ojos. Quiero de esa felicidad que tiene que ver con no mentir demás, con ser honesta, con ser quien soy, con la aceptación de lo bueno y lo malo. Quiero que mis restricciones sean menos, porque estoy cansada de esperar milagros o epifanías que no llegan.
Yo sé que muchos de mis sueños se quedan en palabras, porque soy tan cobarde y tan nula para vivir y hacerle caso a Borges o Benedetti o Cortázar, pero es que me niego a que la vida se me acabe y yo haya sido siempre Hèlene, con sus culpas de anestesista, con su muñeca de porcelana rota y la felicidad que no pudo ser capaz de vivir.
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