No me gusta Santiago.
No me gusta este departamento (tan) lleno de polvo.
No me gusta que mi mamá pregunte si la extrañamos, y tener que hacer cualquier cosa para que no se note que no le respondo ("No, la verdad es que esperaba que no llegaras, mamá").
No me gusta estar aquí.
No me gustan las conversaciones, las calles estrechas, las imágenes usadas, la costumbre maltrecha.
No me gusta haber confundido tanto tiempo la costumbre con amor, y que diez días me hayan desbaratado las cosas.
No me gusta ver mis ojos acá, más oscuros.
No me gusta desayunar sola, y estar sola todo el día en mi pieza.
No me gusta que nadie me rete por pasar la tarde frente al computador o no lavarme los dientes.
No me gusta que nadie me ofrezca otro pan al desayuno.
No me gusta soñar con amores inexistentes.
Ya no quiero estar sola, ni usar pantalones largos.
Estoy cansada de esta luz indecente, de no poder sentarme en la banca a ver al viento jugar con los árboles.
Si yo viviera en otro lugar, hasta podría creer en Dios. Pero vivo aquí, en esta ciudad en la que no se puede creer en nada.