Acabo de escribir la lista larguísima de las cosas que me gustan de ti -so lame-. La mejoré un poco porque después añadí las que no me gustaban. Pero la borré po'.
Porque al final sacar un montón de fotos en zoom no equivale a mostrar algo.
Porque el amor es una cosa extrañísima, y está (o no está) en cada pedazo de mí, y en los besos que te doy, y en las distancias, y en las palabras, y en los libros, si quieres. Y hay cosas enredadas en medio que no son amor propiamente tal -quién sabe claramente lo que es, siquiera?-, que pueden ser odio o envidia o cariño o calentura o expectativas o decepción o sueños. Y está todo ahí tan junto y latiendo con color azul que uno piensa que puede ir y enumerar cosas, usar las comas y hablar de las pestañas o los dientes y pretender que la masa es un poco eso, la sucesión.
Pero no.
No hay palabra para la masa azul.
No hay.
Y entonces escribir es lo de siempre, el intento de rodearla con las manos o los huesos y sentir que uno se acerca cada vez más, porque la ilusión óptica te impide saber que sigues exactamente en el mismo lugar, o si tienes suerte, que estás justo dos milímetros a la derecha. Uno cree que en realidad se acerca, que solo hay que intentar un rato más. Entonces las palabras persisten, la enumeración progresa mientras la masa crece o se endurece o se incendia o se apaga o da origen a una masa que quizás sea el rey de los tumores.
Uno cree que cuando escribe, hace la vida.
Mi verdadero temor es que escribir sea justo ir en sentido contrario. Porque si es así, estamos hundiéndonos, todos nosotros.