Quiero decir algo, no tengo muy claro qué, pero hace cinco minutos lo sabía muy bien. Lo que pasa es que me doy cuenta de que todo va muy mal en términos objetivos, pero aquí estoy, tan tranquila y consciente de que en este minuto yo debería estar en pijama, mirando por la ventana y muy cerca de alcanzar una verdad, que me acepto mediocre y me perdono de todo.
Desligarme me hace bien, muy bien, quizás por eso lo hago tanto. En algún momento imagino que alcanzaré el equilibrio entre la pertenencia y la no pertenencia, quizás encuentre algo o alguien un día en la calle, en una esquina. Ojalá sea en Valparaíso o en Concepción, pero si no es así no importa mucho. Voy a dejar esto como borrador, porque evidentemente mi verdad se perdió.
Tengo ganas de cortar cartulinas o hacer un dibujo y pegarlo en mi pared. Debería dejar medicina y dedicarme a jugar con plasticina, aunque parece que se me da un poco peor. Es super alarmante que no me importe, es que mi mente está en otro lugar, super lejos de eximirse de fisio y ser buena alumna. Yo solo quiero tomar café helado, tirarme en el pasto, caminar escuchando a la Javiera Mena, y que alguien me tome de la mano o me cante algo de Gepe.
Lo bueno de que este sea mi blog casi secreto es que puedo publicar tranquilamente basuras como esta, y mejor no lo dejaré como borrador porque la verdad es que todavía tengo esas ganas de grabar toda mi vida, como cuando era chica, porque es terrible que todo se esté yendo y no pueda apretar repetir en el reproductor. Igual me estresa la virtualidad de esto, tan distinta de mis cuadernos llenos del pasado.
La verdad es que para tener 20 años no soy muy madura, aún trato de no pisar las líneas de la calle algunos días, siempre toco las hojas de los árboles (los señores me miran con desconfianza cuando lo hago, es divertido), y amaría robarme una librería para tener acuarelas y papeles de colores el resto de mi vida. Cuando paso por el lado del edificio nuevo y gigante, cierro los ojos para sentir bien la corriente y creer que voy a volar, y me apoderé de una caja de galletas con un dibujo de la Bruja Blanca que me hace sentir super retro. No, no soy nada madura, deberían prohibirme cumplir 21 años, pero la vida no sabe tanto de esas cosas y me deja ir así de no resuelta por la vida. En todo caso, me doy absolutamente cuenta de que los adultos no están mucho más resueltos que digamos, mi mamá debe ser algo así como el mejor ícono de todos los tiempos. Lo único que me perturba es que en un tiempo todos se estarán casando y vistiendo formal, y yo ahí tratando de usar jeans y converse, y obviamente sola, estoy segurísima. Ahora quiero vivir en un quinto piso, no sé por qué, y ya no tanto en provi, quizás en Lastarria o algo más céntrico. Me gustaría tener una vida super promedio con alguien que supiera apreciarlo, ver tele o cosas en cuevana o dormir con la ventana abierta o tomar agua de la llave o piscola, y que no sé, que estuviera bien y bastara. Parece que debería leer a Benedetti, él entiende (entendía) mucho de esas cosas.
Mi verdad se fue al carajo, ya me di cuenta. Escucho una canción super buena de un grupo que no conozco. Acabo de darme cuenta de que si hubiera ido a psicología estas tres horas hubieran sido mucho más productivas pero mucho peores también.
En fin, empiezo a sentirme más mediocre y menos feliz, pero son cosas que pasan cuando se piensa en la rutina de vivir sola en el quinto piso de un edificio bonito del barrio Lastarria. Me voy a jugar con plasticina. Adiós.
(Me gusta escribir testamentos imposibles de leer.)