Es bonita la idea de tener hijos. Un niño muy pequeño a quien proteger, querer, abrazar, mimar, enseñar. Yo lo entiendo. El problema es que esta idea siempre lleva consigo una gran cuota de narcisismo. Queremos que nuestros hijos sean, mayormente, como nosotros. O lo que nosotros hubiéramos querido ser, el ideal. Se cría a los hijos para que tengan ciertos valores, ciertas formas de comportarse, ciertas formas de vivir. ¿No sería mejor dar espacio, entender, apoyar, conocer? Porque los hijos no son una extensión, son individuos aislados, distintos, y los padres, en su intento por perdurar, siempre hacen un poco (no tan poco) de daño. Y es aquí cuando la idea deja de parecerme tan bonita. Porque yo querría un hijo que piense, sensible, talentoso, inteligente, creativo. ¿Y entonces qué si resulta tener una personalidad meticulosa, cuadrada, y sueña con ser ingeniero comercial?
No quiero tener hijos. Porque los papás pueden ser solo buenas intenciones, pero todos en algún momento hacen daño, y no entienden (eso es lo peor, no entienden). Creen que tienen la razón, que no pueden ser cuestionados, que están bien enfocados. Eso casi nunca es cierto.
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