Qué reiterativo hablar aquí de la felicidad, de la forma en que tu piel es para mí una liberación, un grito.
Uno envejece, y a estas alturas es difícil decir que eres lo mejor que me ha pasado o proponer parasiempres de novela. En volá todo se acaba en un silencio o en un mordisco de piscolas derramadas, y este pedacito de vida nuestro sería igual de bueno, igual de te-escribiría-treinta-y-un-sonetos.
Yo no sé evaluar desde donde estoy parada, pero sí sé que estoy contenta, que esta intersección de caminos nos lleva a los lugares buenos, y que tengo ganas de quererte por un rato muy largo.
Tanta palabra. En el fondo, quiero decir que me siento muy libre contigo. Muy yo, si quieres.
Que me conozco un poco más. Que te llevas tan bien con mi cuerpo que me das envidia.
Que la vida que compartes conmigo me ha hecho adquirir una nueva perspectiva sobre las posibilidades de ser feliz. Que la Pame de ahora está mucho más orgullosa de sí misma que la de hace un año.
Y yo no sé si lo último es "gracias a ti", pero qué bueno ha sido tenerte de compañía y puente entre las certezas de antes y las de ahora. Y qué bueno ha sido estar de tu lado, verte cerrar los ojos o sonreír. O incluso llorar.
Al final es lo de siempre, pero mejor. Que te quiero nomás.
Que te quiero.
Y que esta alegría es bonita, como esas canciones de Gepe con la Javiera Mena.