domingo, 24 de abril de 2011

Ayer

Terrible esto de contar la historia, revivir ciertos pasados, ciertas sonrisas, ciertas lluvias y darse cuenta de que nada de eso puede repetirse, que todo pasó ya, que ya no hay días para hablar hasta las cinco de la mañana tomando té en pijama, o comer infinitas papas fritas hasta que amanece y el escalofrío (antes de saber que era calosfríos), que nunca más será la película de amor, que ya no hay cuatro, no hay 23. Ya no hay nada.
Y ahora entiendo por qué me ha costado tanto más de lo que pensaba desprenderme de los jirones que me quedaban de ti, y es que no puedo quitarme de encima la sensación de que nunca más voy a ser así de feliz, así de ingenua, así de brillante. Sé que la lógica dice lo contrario y uno siempre vuelve a ciertos estados y ciertas vidas, pero yo siento tan terriblemente que ya me pasaron las cosas buenas, que ahora todo va a tener esa sombra media hipócrita que da el haber vivido ciertas desilusiones, y al final habrás sido lo más cercano a esa vida tan de película que el cine nos vende y al final todos queremos tener.
Pero al fin y al cabo... es todo irrepetible e irrecuperable. El anillo se ha perdido muchas veces, y en el fondo ya ni me inmuto, me sorprende más que el azar me lo traiga de vuelta que el haberlo perdido. Es inútil pensar tanto en todo esto, lo sé. Pero a veces todo lo que hago es pensar.
Me falta presente, creo yo. Pasan cosas, pasa el tiempo, pero al final del día hay tan poco que contar. Y peor, tan pocos a quien contarles algo.
Amiga, te extraño. Yo no sé cómo es que el mundo pretende que yo me contente con esos diminutos fragmentos temporales. Hay poca gente que entiende como tú entiendes como yo entiendo que nada basta cuando de vacíos se trata.

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