Estoy hastiada. Del fracaso, del dolor, de este calor insoportable al lado de la ventana. Me hastían mi cama enorme, mi propia cobardía, el polvo, mi pecho y su agujero en el mediastino, al nivel de la proyección de la segunda y la quinta costilla, un poco hacia la izquierda.
Y me encantaría deshacerme. De todo, de toda esta mierda. Tal vez tendría que eliminar al hipocampo y así quedarme sin el dolor y la memoria.
Pero, en realidad, las cosas simplemente se acabaron. Todo tiene un final, yo lo supe siempre, incluso cuando las palabras bonitas me querían hacer creer que no, que algo que no fuera la muerte podía existir también cuando el tiempo dejara de ser el tiempo.
Sé que hay cosas que ya se fueron. Mis ojos claros, qué sé que no van a volver porque en estos casi 20 años solo fueron así alrededor de un año, tal vez menos. Malditas hormonas. También se fue el mejor lado de ti. Y a menos que aprendas a vivir contigo misma... Y mi ingenuidad, mi capacidad de creer en los cuentos bonitos e incompletos. Eso tampoco volverá. El lado bueno de pasar los 18, supongo.
Se fue todo, hasta se acabó Harry Potter. Ya no hay magia aquí.
Y está bien.
No es bueno vivir de cosas falsas, no?
Así que... tengo que empezar de cero. La soledad, esa amiga mía que ha estado siempre rondándome en el fondo, incluso cuando yo la creía derrotada, ha vuelto. Y me espera un bonito verano de peleas, hasta el día en que logre escabullirme o aprenda simplemente a vivir con ello. Uno no puede resistirse para siempre, tarde o temprano algo tiene que vencerte.
Porque hay que caer. Hay que caer si uno quiere siquiera empezar a soñar con tener alas.
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